Pensava que t'havera vist. Són nombroses les nits en que pensant-te se'm fan les cinc. Mai no has estat latent dintre meu. Tot em recorda el teu perfil. Anit tampoc hi vares eixir. Quan els meus ulls es cansaren de cercar-te i no trobar-te, les converses de destins premeditats, entre paraules, somriures i anècdotes que hem contaven els teus amics enganyaven el meu desig. Primer semblaven saciar-lo, però al cap d'una estona me'n adonava que no feien més que alimentar-lo per a que creixés novament. Voldria parlar-te de mi; deixar-te descobrir el millor que tinc; i dir-te que t'estimo tant que ara les lletres que ballen el teu nom em generen uns calfreds majors al que sento al llegir Machado, Neruda o el començament del setè capítol de "Rayuela". L'harmonia que surt del teu nom em recorda al so del "Si" menor. Eres un "Si" menor seguit d'un "Sol" major. Així és com comença la cançó que tant m'agrada de Patty Smith, "because the night". Diu que la nit està feta per als que s'estimen, però jo penso que la nit està feta sobretot per a aquells que estimen sense més; per als que es passen la nit en vetlla imaginant el moment... perquè la nit està feta per somniar.
Me siento como cuando te miraba.
A través de las palabras,
palabras cómplices de mis secretos,
Fonemas que tapaban mis deseos.
Supongo que era una bonita historia,
creo recordar que su autor era bueno
La leías como si fuese tuya.
Mis cómplices las palabras me dejaron creerla nuestra,
mientras te miraba.
Erase una vez...un bello rostro de porcelana
de voz suave, clara y deliciosa
que salía de una boca tentadora
con fonemas que tapaban mis deseos.
De nariz pequeña y respingona,
con orejas discretas y vergonzosas.
Ventanas no sé si bonitas pero luminosas,
de destellos de alma roja.
Seguro que la historia era bonita,
Isla que escondía mi secreto,
lo que leías permitía que me asomara a tus ventanas
sin que reparases
en mi pensamiento.
Tras una soporífera e inútil practica de farmacología que había durado mucho más de la hora y media recorrida por las agujas del reloj, medio despierta y medio dormida, como acabada de despertar y a punto de volverme a dormir, con el aturdimiento propio de no haber descansado lo suficiente después de una noche de parranda, vi una cara conocida. No daba crédito a lo que veían mis ojos. Era aquella chica que meses atrás me había seducido con su dulce mirada, con su discreción y con su voz de enigma. Estaba con un hombre, supuse que sería su padre. Se disponían a sacar el ticket del contador de “la hora”; habían aparcado el choche en esa misma calle. Yo continuaba andando, pero mi mirada, se había detenido en aquel lugar desde el momento en que la vi. La llamé por su nombre. No se giró. Más tarde, sabría que Mar no era su nombre, sino que el de una amiga suya. ¿Cómo me había podido confundir? Carmen, ese sí que era su nombre. A pesar de llamarla por un nombre al que no solía responder, se giró, me vio y vino hacia mí. En el momento en que me dijo que no había respondido antes al llamamiento porque estaba esperando a esclarecer quién era aquella chica de cara familiar que la llamaba de forma equivocada, quise desaparecer volando. Me puse roja, muy roja, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo de pies a cabeza (ojala hubiesen sido sus manos o sus labios…), pero aún así, la alegría incontenible que sentía por habérmela encontrado tan de repente, después de haberlo anhelado durante tanto tiempo, rebosaba por la estrecha apertura de mis pequeños ojos y entre las comisuras labiales extendidas por la magnitud de mi sonrisa.